jueves, 30 de octubre de 2014

Desigualdad ad infinitum, ad nauseam, ad absurdum...

 
Vivimos la ficción de proclamar la igualdad como derecho, como objetivo, como promesa, y sufrimos la frustración de ver la igualdad despreciada por la práctica. Cada vez somos más desiguales. Así es cómo el capitalismo intenta salir de la crisis, produciendo desigualdad. Retornando a sus bruscas acciones de acumulación primitiva, expropiando a diestro y siniestro los derechos al trabajador y a la ciudadanía y aniquilando la naturaleza.. La evidencia es tal que un economista, no precisamente marxista, lo ha tenido que poner de manifiesto. Me refiero al libro de Piketty que ha sido la manera de introducir la realidad de la desigualdad en la opinión pública. 
Cada vez hay más desigualdad, es un hecho contrastado. Es más, jamás ha habido una distancia tan amplia entre los más ricos y los más pobres, lo que confirma el acierto de Marx en  una de sus predicciones. Y en una situación en la que la asimetría de la relación de poder es abismal ya no hace falta andarse con formalismos ni vergüenzas. Así, la desigualdad se impone con su obscena estética del poder con la nueva naturalidad en la que el pobre es culpable de su propia pobreza.  Existen casos vomitivos que dejan claro este estilo, lo vemos en la impunidad con la que los banqueros de la crisis reciben indemnizaciones, en los indultos a los políticos corruptos, en los paraísos fiscales, en la supresión de la negociación colectiva, en la criminalización de la ciudadanía, en los recortes a la sanidad y la educación, y en el sometimiento de la democracia al gobierno de los mercados en esta tan moderna y reluciente  neofedual deudocracia. Pero para vomitar con convicción es mejor  asomarse a la desigualdad global y ver el  siguiente video:
 
 
 La igualdad es un concepto central en el pensamiento socialista, donde la  igualdad es el síntoma  de la justicia social. Es este un socialismo  que se ha demonizado hasta el ridículo  y que ha sido sustituido por una interpretación perversa del mismo. Así, el único socialismo que vemos a nuestro alrededor es el que consiste en socializar las pérdidas y privatizar los beneficios, el socialismo de salvar instituciones financieras y dejar tirados  a los ciudadanos endeudados para siempre. De esta forma, a medida que el ideal de igualdad socialista se desvaneció en el mal sueño del fin de la historia, la desigualdad se hizo carne y tenemos ahora que arrastrarla inevitablemente, como una pesada cruz, hechos casi todos unos eccehomos. Desigualdad estratosférica la del cielo prometido por el sueño americano, desigualdad que mejor verla de nuevo en un video:
 
 
El grito de la desigualdad es el que alza el 99% frente a la minoría del 1%. Aunque, realmente, habría que fijarse en el 1% de ese 1%, que es donde se acumula la riqueza de forma astronómica. También, y para seguir con los datos, podríamos describir la desigualdad comparando la riqueza  que acumula el 10% de las personas más ricas y que equivale a la riqueza que acumula el 60%  de la sociedad en países como Francia o Suecia, o el 70% en los casos de USA y Reino Unido. Porque, y esto es necesario entenderlo, el 1% no podría por si mismo gobernar al resto sin la ayuda de ese otro 9% que va a defender, con uñas y dientes, sus privilegios de clase. Warren Buffet, uno de los más ricos del planeta deja claro la situación: "Existe la lucha de clases  pero es mi clase la que está ganando". Y es curioso cómo el término clase, después de haber desaparecido del lenguaje de la vida cotidiana, del espectro del sentido común, retorna como lo reprimido, y vuelve, poco a poco, a instaurarse como elemento cognitivo para poder analizar y comprender la realidad de nuestras vidas. Hace ya 10 años, en un informe sobre posibles escenarios futuros elaborado por el ministerio de defensa inglés, se dibujaba en el horizonte el resurgir, para 2025, de la lucha de clases.  U Beck, el sociólogo alemán, describe la situación de desigualdad creciente como una situación claramente pre-revolucionaria, pero  es una situación en la que aún no existe un sujeto revolucionario claramente constituido. A ver si para 2025 cae la breva.
 
Pero hay más explicaciones que aportan luz a la oscura realidad de la desigualdad como fenómeno que caracteriza, mejor que nada, la idiosincrasia del sistema.
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En un mundo donde unos pocos viven de los beneficios que obtienen y otros de sus salarios, la desigualdad se puede explicar en relación a la tasa de rendimiento empresarial, que  crece más rápido que el incremento de salarios. Así, los ricos se hacen ricos más rápido, como si fuera cuestión de velocidad. Esto se debe en parte a que las nuevas tecnologías hacen más eficientes los procesos productivos; en parte a que los salarios y condiciones laborales de la mayoría trabajadora empeoran; y en parte a que se deslocaliza la producción a países más baratos y aumentan las ganancias. Todo lo cual explica que las rentas del trabajo representen  ya una cantidad menor a los beneficios de los empresarios.
 
Por otro lado se habla de cómo la presión fiscal sobre la renta de los ricos ha decaído en un claro ejemplo de políticas favorables a los capitales privados (tales como la existencia de paraísos fiscales, la reducción del impuesto de patrimonios o el mundo estupendo de las Sicavs). Así, hemos pasado de un mundo donde los ricos estaban sujetos a un tipo superior de impuesto sobre la renta del 94 % en 1944 en EEUU, a un mundo donde el señor Bush ya lo redujo a un módico 35%.  A esto se le añade un incremento brutal en el sueldo de los ejecutivos. De esta manera los CEOs empezaron a cobrar 400 veces más que el trabajador medio en vez de las 40 veces a las que estaban acostumbrados. Algunos, para justificar este aumento sin precedentes, argumentan que existen personas que disponen del conocimiento tecnológico más innovador, lo cual les permite ser más exitosos y estratégicamente esenciales que el resto. Existen explicaciones más crueles todavía para explicar el motivo por el cual un CEO cobra 400 veces más que el trabajador medio. La razón es bien sencilla, es 400 veces más valioso,  400 veces más trabajador, 400 veces menos vago.
 
Por otro lado es necesario entender el papel de los gobiernos  neoliberales  en este asunto. No solo se trata de reducir la carga fiscal de los ricos o de reformar las leyes laborales a favor del empresario o de socializar la deuda privada y hacer que el ciudadano la pague, sino de hacer todo lo posible para que la riqueza pública  y todo lo común se transfiera y se privatice, para que toda esfera de la vida que no estaba sujeta a la regulación del mercado aflore ahora como nueva oportunidad de negocio. Así, lo público y lo común empiezan a privatizarse con la excusa de hacer la gestión más eficiente. Es lo que podemos denominar como parte del proceso de acumulación por desposesión descrito por D Harvey, la versión neoliberal de la acumulación primitiva de la que hablábamos más arriba. Y es que los ricos, que han globalizado, desregulado y financiriazado la economía, aprovechan la crisis que han ayudado a crear para lograr endeudar a los países y esclavizarlos y  seguir así con su insaciable acaparamiento, y consiguien que lo que se ha construido con dinero público, con los impuestos de los ciudadanos, se privatice a precios irrisorios, lo cual explica, en parte, cómo la riqueza va fluyendo de los de abajo hacia los de arriba. Eso sí, todo muy legal (aunque no tiene por qué ser legítimo) y todo muy reforzado por la ideología neoliberal que es el nuevo sentido común y la nueva racionalidad que nos gobierna,y que justifica una desigualdad en la que los desfavorecidos tienen la culpa de ser unos losers,  esos personajes  irresponsables que no han sabido gestionar sus recursos y su vida para aprovechar las oportunidades que un mercado justo y perfecto les brindaba.
 
Por último me gustaría introducir los argumentos de Daron Acemoglu a la hora de abordar la explicación de la desigualdad. Acemoglu considera que la desigualdad es la causa del fracaso económico. El argumento se desgrana de la siguiente manera. Allí donde hay desigualdad económica existe, a su vez, desigualdad política, pues el dinero es una forma de poder. Así, los que más dinero tienen tienden a ocupar las instituciones del estado y a acaparar poder político, lo cual les permite utilizarlo para crear leyes que les permitan aumentar sus riquezas y recortar el derecho a protestar  de las mayorías desfavorecidas, excluirlas,  lo cual les permite, de nuevo, adquirir aún más poder político y más dinero, y así en un "círculo vicioso" en el que las instituciones políticas se convierten en instituciones extractivas al servicio de una élite chupóctera. Estos personajes, que van enriqueciéndose y que tienen cada vez más poder, hacen que el mecanismo del mercado deje de funcionar, pues el mercado se convierte en un proceso ausente de competencia y por ello  ineficiente, dominado por oligopolios y donde el resto de ciudadanos emprendedores y empresas no tienen la oportunidad de innovar y hacer a la sociedad prosperar.  Así es cómo fracasa la economía, cuando la desigualdad política y económica impiden el correcto funcionamiento del  mecanismo regulador de los mercados Así podemos entender que las economías que funcionan, las economías florecientes, son aquellas que cuentan con instituciones inclusivas, aquellas con un estado de derecho y una democracia consolidada que garantiza el pluralismo y la igualdad de oportunidades de los distintos agentes económicos,  y que  permite, así, la creación de "círculos virtuosos" que generan desarrollo económico.. Con lo cual, es la madurez y solidez del estado de derecho y de la democracia lo único que garantiza la igualdad y el éxito económico. En definitiva, allí donde veamos gran desigualdad y fracaso económico podríamos hablar de ausencia notable de democracia. Esta hipótesis que esboza D Acemoglu nos lleva a un escenario pesimista: Si la desigualdad económica y política causan el fracaso de la economía, entonces, si aumenta la desigualdad, como es nuestro caso actualmente, el fracaso económico no puede sino ser mayor. Así que agárrense los machos.

miércoles, 15 de octubre de 2014

HIPSTERS SUCK

Victor Lenore acaba de sacar un libro sobre el fenómeno hipster que está generando polémica, sobre todo entre los propios hipsters, que no salen muy bien parados, puesto que la cultura hipster aparece definida, entre otras cosas,  como “subcultura falsa”, “individualista”, “elitista” ,“narcisista” e “infantil. Solo hay que ver los comentarios en la red para darse cuenta de cómo, todavía hoy, un libro es capaz de meter el dedo en la llaga y provocar un montón de encendidas respuestas a favor y en contra.
Aunque ya hemos hablado de los hipster aquí, vamos a retomar el tema para contextualizar y sistematizar mejor este asunto.
El espíritu rebelde, provocador  e inconformista de los hipsters ya se fue gestando en el siglo XIX, en Paris, donde una pequeña comunidad de unos 5000 bohemios (a los que podemos catalogar de hipsters originarios)  jugaban a crear la vanguardia y a romper las normas de la vida artística y cultural. El bebedor de absenta, retratado por Manet y presentado en el Salón de Paris en 1859, mostraba a un ser que abiertamente violaba los códigos y buenas formas de la burguesía del momento. A eso se dedicaron, tiempo más tarde, Lorca y Buñuel con su surrealista Perro Andaluz, a cuyo estreno, en Paris, acudieron ellos mismos con los bolsillos llenos de piedras, por si las moscas,  para defenderse de las posibles iras que sin duda generaban en un público acostumbrado a otras cosas. Recordemos también, y para recalcar  bien esta  actitud controvertida y espíritu subversivo de los primeros hipsters, que André Breton afirmaba algo así como que el acto poético por excelencia era salir a la calle con una pistola, los ojos vendados y disparar al azar. Así, poco a poco, estos actos de  rebeldía y este inconformismo se fue consolidando, y poco a poco, se fue exportando a America de la mano de artistas viajeros que pararon por Paris, como Hemingway o Henry Miller, que influenciaron a la siguiente generación de rebeldes, los hipsters de los años 40 y 50 de la generación Beat, que pusieron en jaque los valores tradicionales de la cultura americana, asustando y generando indignación en la opinión pública. Fueron estos artistas y bohemios experimentadores los  que crearon una base cultural sólida sobre la que se desarrolló, más tarde, el movimiento hippy, más masivo y con mayor visibilidad, y que pretendía instaurar el buen rollito psicodélico y sexual, lo cual acojonaba a esa puritana america tan profunda.
Al contrario que sus predecesores, los hipsters de hoy en día, no dan miedo a nadie ni aunque se lo propongan con sus pintas cuidadas y su blandito pensamiento cínico-irónico que no cuestiona nada. Es más, son estos hipsters, nihilistas, hiperindividualistas y conservadores, y que piensan que son especiales y distintos -cuando no hacen más que predicar, con un poco más de estilo,  los valores dominantes de nuestra sociedad de consumo-, los que, ahora, a la defensiva, se indignan porque se les critique. Los hipsters son cosa  mainstream; ya no son un vector de cambio. Lo hipster de hoy ya no explora nuevas vías y se ha convertido más bien en un fenómeno recreativo. La rebeldía del hipster es puro conformismo, constituye una dinámica estable, un conjunto de reglas, es toda una institución social -como alguno diría-, una máquina de fabricar individualismo masivo. Así que el rol de los futuros hipsters será poner en marcha la maquinaria “debaser “ y poner en cuestión esa cultura dominante, desmontarla y ridiculizarla, como hace toda lógica vanguardista y todo espíritu crítico. Los hipsters del futuro ya están aquí,  pero sus prácticas no son del todo visibles, están mal distribuidas, son las nuevas caras de la rebeldía, y aparecen en forma de señales débiles. Los próximos hipsters son los que cuestionan con sus prácticas y pensamientos la actual cultura  dominante hipster. Los hipsters que vendrán  están más al márgen, en la periferia, en fronteras más difusas y son los que están construyendo, con sus pequeñas acciones, con distintos lenguajes y lógicas,  los cambios del futuro, aunque todavía no gocen de reconocimiento. ! El hipster ha muerto, viva el hipster ¡
Lo que me parece interesante es cómo Lenore inserta el fenómeno hipster en un contexto de despolitización general. Es como si la cultura hipster fuese el sistema inmunológico del sistema,  que lo protege de posibles ataques que lo pongan en duda. Así, la cultura hipster es una cultura donde la política queda paralizada  y donde el hipster no se cuestiona el sistema,  ya que lo político aburre y da pereza el compromiso. Al hipster se le da mejor la ironía y el cinísmo lúdico, y prefiere no tener que elegir entre opciones políticas para dedicarse, mejor, a elegir entre objetos de consumo, entre  las distintas marcas ofrecidas por la industria cultural, donde toda propuesta radical y alternativa es banalizada, neutralizada y vendida como producto cool.  Así se entiende cómo la rebeldía cool y contracultural se ha demostrado inútil a la hora de atacar el sistema y ha sido engullida y expropiada de toda  significación  política, una rebeldía que, lejos de debilitar el sistema, lo ha fortalecido.


En un mundo de consumo simbólico el hipster construye su identidad y su estilo de vida con los signos y significados que aporta la cultura pop y la industria cultural. Y cuando dejamos de ser ciudadanos para ser consumidores, cuando nuestra personalidad se construye a través  de nuestros actos de consumo, el consumo se estiliza, es decir, se hace necesaria una pericia estética y cierta creatividad a la hora de elegir, a la hora de mostrar nuestra individualidad y distancia del grupo de una forma original. Por eso existen los personal shoppers y los estilistas, para todos aquellos incapaces de elegir por si mismos con seguridad la materia prima con la que componer el look, el relato de si mismos. De esta manera, el  hipster, en la vida de cosumo que lleva, es todo un experto consumista, un gourmet de la exquisitez cultural, un profesional de la distinción estética, y es ahí donde medra un “trepa que se hace cool”. El hipster dedica más tiempo que el resto a descubrir y procesar los productos culturales de la música, el cine, el arte y la moda,  para, en un proceso de autoensamblaje, componer su look, una identidad cool y diferencial, que le convierte así en prescriptor, en consumidor influyente al que imitan los demás, en un trendsetter capaz de poner en marcha nuevas modas y acelerar el ritmo de consumo general. Así, el hipster tiene que ser entendido como engranaje esencial en este proceso moda de comprar, usar, tirar  y renovarlo todo de nuestro turboconsumo de cada día.
Por último, y como proptotipo de ser  neoliberal que es, el hipster se ve a sí mismo como una empresa, por lo que invierte constantemente en sí mismo para crear un look  actualizado, seductor y distintivo. El hipster es un emprendedor de su estilo de vida, amo y señor de si mismo, que experimenta y asume riesgos para estar siempre a la última. Construir la imagen cool de uno mismo  es toda una estrategia de posicionamiento social. En una época de branding personal el hipster pretende diferenciarse a partir del capital subcultural que acumula y que le permite crear un look diferente y original a partir de sus decisiones de compra. Como vemos, crear un look cool se ha convertido en un valor y constituye “el elemento diferenciador, la jerarquía social urbana contemporánea”. Permite valorizar a las personas en función de su estilo a la hora de consumir y componer su identidad visual. Nos deja saber quién es quién en función de  la capacidad para tomar las decisiones estéticas adecuadas, decisiones que constituyen, en si  mismas, un valor comparativo, y que permiten entender el estilo de vida hipster como un bien posicional. Por eso Lenore dice que el hipster es elitista, y que hay que abandonar la distinción, dejarla atrás, esa lógica a la que juega el hipster en la que pretende mirar por encima del hombro al obrero que gana más que el. Lo hipster  representa así el estatus de aquellos que, a pesar de saber mucho de selecta cultura indie, seguirán siendo pobres. Es lo que Leonore llama “elitismo degradado” y que no es más que  el estilismo de los que no han tomado consciencia de clase y no saben que conforman el precariado, aunque sea un precariado cool. Por eso, y para terminar, podríamos pensar la cultura hipster como el resultado de un proceso de ingeniería social en la que el hipster, en vez de solidarizarse con los obreros y unirse a ellos para mejorar sus vidas en torno a unos intereses comunes, prefiere distinguirse y marcar una diferencia  que les divide.

miércoles, 8 de octubre de 2014

Tele Juguetona

Ya se lleva un tiempo hablando de la gamificación, de cómo la dinámica de los juegos está infiltrándose en todos los ámbitos de la vida, de cómo nos gusta jugar y de cómo preferimos adentrarnos en las cosas desde una perspectiva lúdica. La gamificación perfila una actitud frente a la realidad, una nueva experiencia. Siempre se ha dicho que el juego es cosa de niños y que los adultos que pretenden seguir con el juego padecen de cierto síndrome de Peter Pan. Pero ahora surge otro paradigma en el que los adultos ya no se tienen que definir por la seriedad yaburrimiento de la vida gris, ni deben practicar en exceso el control y el ascetismo, ahora deben jugar,  dejarse llevar y jugar a la moda y divertirse en la espiral de experiencias multisensoriales que oferta la sociedad de turboconsumo, con su estilo de vida hedonista de capitalismo experiencial, donde la diversión se convierte en el aderezo imprescindible, en el envoltorio obligatorio de nuestros actos de compra. Así, el marketing comienza a hacerse juguetón, a manejar el código lúdico, que es siempre emocional, para involucrarse más con los consumidores. Haciéndonos jugar juegan con nosotros, porque dos no juegan si uno no quiere.
 
Por otro lado, el juego, es algo que nos enseña a ir cambiando, y me refiero a ir cambiando de juego. Los juegos nos permiten explorar otros contextos y adaptarnos a otras reglas. Al final, el juego puede ser una experiencia de aprendizaje, y tal vez sea  esto el futuro del aprendizaje, la educación de los "juegos serios", los juegos como estrategia para que aprendamos a cómo adaptarnos a las nuevas circunstancias, los juegos como simuladores. Nuestro mundo cada vez cambia más rápido y exige de nosotros respuestas adaptativas.  La vida laboral se fragmenta, la carrera profesional se hace discontinua, los conocimientos caducan más rápido y es necesario reciclarse. En un mundo neoliberal, las élites hacen la revolución de arriba a bajo, y ésta tiene forma de cambio frenético y constante, y las personas tienen que aprender a adquirir nuevas competencias, a no quedarse obsoletos ante el veloz ritmo tecnológico; aprender a poder desplazarse  a cualquier lugar para trabajar, a buscar nuevos amigos, nuevas relaciones sentimentales,  es la vida líquida en la que todo lo sólido se deshace en el aire. Es el neodarwinismo de la ley de la selva, en el que triunfa los que son capaces de adaptarse. Por eso el juego se convierte en parte central de la ideología liberal. El juego, la creatividad, el emprendimiento personal, esas son las actitudes para enfrentarse a un mundo complejo y cambiante, en el que las reglas del ayer son cosa del pasado, y que las reglas de hoy son las de un juego bien distinto.
 
Hoy, y tras este ejercicio de contextualización, quería hablar de cómo los videojuegos se están convirtiendo, poco a poco, en lo que puede asemejarse al futuro de la televisión. Me refiero al hecho de que cada vez más personas gustan de tragarse partidas de videojuegos, partidas ajenas, como quien ve un partido de fútbol. En internet, miles de personas se conectan para ver partidas de videojuegos y los servidores colapsan. Al fin y al cabo, ¿qué diferencia hay entre ver un partido de tenis y una partida de videojuegos? La única que yo veo es que uno es considerado un deporte.
Twitch.tv es una plataforma en la que los internautas pueden ver  cómo otros juegan a los videojuegos y que, además, permite chattear a los usuarios unos con otros. Imagina ver un partido de fútbol y poder chattear  por videoconferencia con otras personas y comentar la jugada. Amazon se ha gastado una millonada en adquirir este proyecto como si fuera el futuro de la tele.